Raíces, pasión y vino: el emprendimiento rural que da vida a Navatalgordo
“Para mí, el vino es pasión. Es familia y amigos. Es calidez de corazón y generosidad de espíritu. El vino es arte. Es cultura. Es la esencia de la civilización y el arte de vivir”, describía el viticultor y empresario estadounidense, Robert Mondavi.
Dos personas que podrían estar de acuerdo con Mondavi son José María Sánchez Jiménez y Esther González González, que crecieron entre viñas, aprendiendo de sus abuelos el arte de la elaboración del vino y enamorándose de una manera de vivir con las manos metidas hasta el fondo en la tierra.
En tiempos de despoblación rural, Esther y Jose María tomaron una decisión a contracorriente. En 2019, en una etapa en la que la mayoría de los jóvenes profesionales con carrera universitaria busca algo de estabilidad, la pareja decidió volver al pueblo que los había visto hacerse adultos y empezar a echar raíces en Navatalgordo, en plena sierra de Gredos.
Echar raíces y darle una vida nueva a la tierra. Esther y José María cogieron el testigo de sus abuelos, pusieron su confianza en el legado familiar y en la garnacha de la zona y a día de hoy son los orgullosos fundadores de Diez Delirios, la primera bodega de Navatalgordo, con denominación de origen y la única que comercializa vermú.

“Te lanzas a la piscina”, explica Esther. “Empezamos con unas 2 hectáreas dos referencias de vino y ahora estamos cerca de 5 hectáreas y tenemos siete referencias”, señala. Vinos que en sus nombres llevan un homenaje a sus abuelos, los que lo empezaron todo.
Porque con Diez Delirios, Esther y José María buscaban también conservar y transmitir lo que aprendieron en su infancia, profesionalizando los procesos y encontrando una manera de hacer que el pueblo no fuera sinónimo de falta de oportunidades.
La sostenibilidad es también un pilar del proyecto e implica mantener un proceso lo más natural posible desde el cultivo hasta la elaboración, con la mínima intervención, y con prácticas que benefician directamente al viñedo, como el uso de abonos ecológicos y el reciclaje de los restos de fermentación
El camino no ha sido fácil. Y más teniendo en cuenta que estos emprendedores se lanzan a la aventura a las puertas de una pandemia que les tuvo luego “casi en standby” durante dos años.
También la burocracia, con sus altísimas exigencias e incompatibilidades entre administraciones, ha sido una montaña a escalar para la joven pareja.
Por eso, asegura Esther, la ayuda es fundamental para un emprendedor: “Hay que estar seguros de lo que se hace y rodearse de ayuda profesional. No todos sabemos de todo, pero sí podemos aprender”.
Ellos encontraron el apoyo en el Programa de Emprendimiento de la Fundación Tatiana, donde recibieron el asesoramiento que necesitaban en todas las áreas, les ayudaron a “poner los pies en la tierra” y donde obtuvieron, gracias a la beca, el empujón que les animó a comercializar la primera añada en 2019.
Esther asegura que todas las trabas quedan compensadas por la gratificación de ver cómo el producto sale adelante y cómo, en las visitas a las bodegas, son capaces de transmitir su pasión a otras personas.
Hoy, Diez Delirios sigue creciendo, sobre todo con la mirada puesta en el enoturismo y alojamiento rural, mientras mantiene firme su compromiso con la tradición y la tierra.