Piso museo de la Fundación Tatiana: un hogar de la aristocracia madrileña que se abre al mundo
La Fundación Tatiana no solo protege un patrimonio: también devuelve la vida a las historias que lo habitan. Entre sus proyectos más queridos está el piso del Paseo del General Martínez Campos, una vivienda construida en 1930 a cargo del arquitecto César Cort y que perteneció a la familia de la fundadora.
No se trata de una recreación exacta de cómo vivió la familia, sino de una representación de cómo podría haber sido una vivienda urbana de la aristocracia madrileña en el primer tercio del siglo XX. Hoy, la casa abre sus puertas a pequeños grupos de visitantes un par de veces al mes para mostrar cómo vivía una aristocracia que transitaba de los grandes palacios a hogares más íntimos, pero más modernos.
No hay piezas adquiridas para “rellenar”, sino muebles, objetos y obras que acompañaron durante décadas la vida familiar. La musealización ha sido una labor paciente de restaurar recuerdos y acompañada de la mano de instituciones como el Museo Sorolla, Lázaro Galdiano, Cerralbo y el Museo de Artes Decorativas.
Pasear por los pasillos del piso es empaparse de la historia de España, pisar algunas de las primeras alfombras de la Real Fábrica de Tapices y asomarse al patio interior a través de las vidrieras de la Casa Maumejean.
Una historia familiar que cuenta la historia de una época
El piso conserva obras de gran valor. Entre ellas, dos bocetos de Goya, realizados como parte del proceso creativo del enorme lienzo de San Bernardino de Siena que ahora se puede ver en San Francisco el Grande.
También se muestran retratos de Federico de Madrazo y Vicente López y piezas de porcelana que llegaron a ser mostradas en la Exposición Universal de París de 1867.
La biblioteca del piso museo es una parada obligada en el recorrido. El mobiliario, con finas incrustaciones en bronce, enmarca una colección amplia de alrededor de 6.000 volúmenes, centrados principalmente en novela romana y francesa. Entre ellos se conservan libros de gran antigüedad, como un ejemplar fechado en 1529, además de piezas singulares como el álbum original de la Exposición Universal de París de 1867, que reúne las imágenes de todos los pabellones que participaron en aquel acontecimiento histórico.
Más allá de las piezas más conocidas, la vida íntima asoma en los objetos más cotidianos: juguetes de infancia, vajillas de la Compañía de Indias, muebles originales y el vestidor chinesco con espejo empotrado, que reflejan cómo se vivía puertas adentro.
En la capilla familiar se encierra el relato más personal de la casa. Su retablo está dedicado a la Inmaculada Concepción y San Narciso, y no por casualidad: ambos nombres recuerdan a dos hijos perdidos prematuramente.
La abuela de Tatiana Peréz de Guzmán vio morir a su hija Concepción en un accidente de tráfico y, poco después, a su hijo Narciso, fallecido en la guerra en África, en la Batalla de Zú-Bar.

De la cercanía al trono a la vida entre bastidores
La colección que se conserva en el piso museo habla con claridad de la posición que la familia de Tatiana Pérez de Guzmán ocupó en la sociedad española.
Una de las piezas más singulares es la llave que el Jefe de la Casa Real regaló al Marqués de la Torrecilla, utilizada para abrir las puertas de la Plaza de Colón en Filipinas cuando fue provincia española. A ella se suman prestigiosas condecoraciones de la Orden de María Luisa, la Orden de los Reyes Católicos y la Orden de Carlos III, todas ligadas al protocolo y a la asistencia a palacio.
Estos vínculos se hacen aún más visibles al recorrer los muros de la vivienda: un retrato dedicado de la reina Victoria Eugenia a la Condesa de Torrearias, dos acuarelas que conmemoran la visita de Alfonso XIII y Victoria Eugenia a la casa en julio de 1907, y fotografías familiares que capturan desde la comitiva de la boda de Alfonso XII y María Cristina de Austria hasta el propio Alfonso XIII.
En el otro extremo de la casa, se cuenta una historia paralela, ya que las estancias del servicio recuerdan la existencia de quienes hacían posible el día a día. Hasta diez personas podían llegar a formar el servicio de una vivienda semejante: doncellas, cocinera, ama de llaves, chófer… Su presencia se adivina en el planchero original, en el office con suelo hidráulico y en las habitaciones más discretas.
En las paredes de esta zona cuelga un objeto especialmente conmovedor: un diploma otorgado a un miembro del servicio tras más de treinta años de trabajo. Un reconocimiento que atraviesa jerarquías y confirma que esta casa también fue una comunidad humana.
En definitiva, visitar el piso museo de la Fundación Tatiana es asomarse a un tiempo que combina la grandeza con la cotidianidad, historia y memoria.