Javier Gomá: “Lo nuestro no es ser felices, sino ser dignos de ser felices”
Es jueves al final de la jornada y el auditorio de la Universidad San Dámaso no deja una sola butaca libre. El motivo: escuchar al filósofo Javier Gomá Lanzón (Bilbao, 1965) conversar con el sacerdote José Antúnez Cid sobre una palabra tan repetida como poco pensada: la dignidad.
Licenciado en Filología Clásica y Derecho y doctor en Filosofía, Gomá ha sido letrado del Consejo de Estado y actualmente dirige la Fundación Juan March, además de la Cátedra de la Ejemplaridad en CUNEF Universidad. Su obra filosófica —que combina ensayo, pensamiento moral y escritura literaria— incluye títulos como Tetralogía de la ejemplaridad, Filosofía mundana, La imagen de tu vida o Dignidad. El pasado noviembre publicó Fuera de carta, coincidiendo además con el estreno en Madrid de la versión teatral de Filosofía mundana, hoy de gira por distintos teatros españoles.
La conversación se enmarca en Cristianismo y cambio de época, un seminario promovido por la Fundación Tatiana dedicado a reflexionar sobre el futuro de Europa y sus desafíos geopolíticos, tecnológicos y culturales. El encuentro contó también con la presencia del cardenal arzobispo de Madrid, José Cobo Cano.
A pesar de la frecuencia con que aparece en discursos políticos, jurídicos o morales, Gomá advierte que la dignidad apenas ha sido objeto de un análisis filosófico sistemático. De ahí su intento de formular una definición: la dignidad sería aquello que es propiedad privativa del individuo por lo cual se constituye en acreedor frente al resto de la humanidad.
Desde esta perspectiva, el mayor atentado contra la dignidad consiste en tratar al ser humano como algo que tiene precio. Es decir, intentar intercambiarlo por algo de valor equivalente, como si pudiera entrar en la lógica del mercado o del cálculo.
La irrupción del individuo y el nacimiento de la modernidad
Gomá sitúa el nacimiento de la dignidad moderna en el momento en que la subjetividad irrumpe con fuerza en la cultura occidental. Durante siglos, el individuo se comprendía a sí mismo como parte de un todo trascendente. Sin embargo, en los siglos XIX y XX ese fragmento del todo —el sujeto— se emancipa y comienza a erigirse en una nueva totalidad.
De ahí que la dignidad moderna sea individual y, en cierto modo, conflictiva. En la tradición política clásica, el interés particular debía ceder ante el interés general. Pero la dignidad introduce un límite: ya no puede invocarse el bien común si este implica atropellar la dignidad concreta de una persona.
En ese sentido, la dignidad es muchas veces aquello que “estorba”, en el mejor de los sentidos, incluso a los planes aparentemente buenos. El cuidado de los más débiles, por ejemplo, no hace que una sociedad avance más deprisa, pero sí la vuelve más digna.
La paradoja humana
Para Gomá, la condición humana está atravesada por una paradoja singular: el hombre y la mujer poseen conciencia de una dignidad infinita y, al mismo tiempo, saben que su destino final es el sepulcro. Ese desajuste —esa especie de extrañamiento— no se encuentra en ninguna otra criatura.
De ahí que la vida humana no se mida por la felicidad, sino por la dignidad con que se vive.

Una vida lograda sería aquella que, llegada la muerte, la haga aparecer como un atropello absurdo. En ese sentido, una existencia digna revelaría el carácter “escandalosamente injusto” de la muerte.
Educación de la mirada moral
En la parte final de la conversación, Gomá subrayó el papel de la cultura y la educación. La filosofía —dijo— es, en cierto modo, una administración de evidencias. Los fundamentos de la moral no se sostienen solo en argumentos abstractos, sino en aquello que llegamos a percibir como evidente.
Por eso el verdadero motor moral es la educación sentimental: aprender a reconocer como evidente lo bello, lo noble y lo digno. En última instancia, añadió, toda la cultura gira en torno a un mismo argumento: la dignidad humana siempre en peligro.
Y quizá por eso, concluyó, la tarea fundamental de quien piensa, educa o escribe podría resumirse en una consigna sencilla: dar luz y dar calor; no decir nunca nada que enfríe la llama del corazón de la gente.