Antonio Amado Fernández: “El ser humano está llamado a algo muy grande. Tenerlo siempre a ras de suelo es destructivo”

En el marco del Seminario de Filosofía organizado por la Fundación Tatiana, este curso ha estado dedicado al estudio del lugar de las emociones en la vida humana a la luz del pensamiento clásico.
A lo largo de las sesiones se ha abordado la diversidad de las emociones y la posibilidad de orientarlas, mediante el ejercicio de la libertad, al bien de la persona y al servicio del bien común.
El seminario parte de una idea central: los seres humanos tenemos emociones que nos indican de algún modo cómo nos situamos frente al mundo, pero que no contienen por sí mismas un valor de verdad. Su comprensión y su adecuada integración resultan fundamentales para el ejercicio de una libertad auténtica, en la que las emociones no se anulan, sino que se ordenan dentro de la vida racional y moral de la persona.
El curso ha sido impartido por Antonio Amado Fernández, licenciado en Filosofía por la Universidad de Barcelona, profesor de Metafísica y Antropología desde hace más de treinta años en la Universidad de los Andes (Chile) y actual director del Centro de Estudios Generales de dicha universidad. Su trabajo académico se ha centrado en la teoría del conocimiento, la antropología filosófica y diversas cuestiones de filosofía moral y de la educación.
En esta entrevista, conversamos con él para profundizar en algunas de las ideas desarrolladas a lo largo del seminario: la naturaleza de las emociones, su relación con la imaginación, la voluntad y el entendimiento, su clasificación clásica y su papel en la formación de la vida moral, así como los riesgos de su desorden y las posibilidades de su educación.

El tema del seminario lo eligió usted. ¿Por qué eligió hablar de las emociones?
No hay una razón muy particular. Era un tema en el que durante el último tiempo había hecho algunos cursos, había reflexionado, y entonces pensé que podía ser interesante tratar de las emociones en la vida humana, teniendo en cuenta además que están bastante presentes hoy día en el ambiente. Se habla de inteligencia emocional, se ve en la vida social que hay muchos problemas que están vinculados al control emotivo, etcétera. Entonces pensé que era interesante hacer una reflexión sobre qué son las emociones y qué papel juegan en la vida humana.
Hoy parece que oscilamos entre dos extremos: por un lado, una visión más estoica o más negativa hacia las emociones; por otro, una cultura muy centrada en reconocerlas, validarlas y convertirlas casi en criterio de verdad. ¿Cuál sería el mejor camino entre esos dos extremos?
Lo primero es que hay que entender que las emociones forman parte de la vida humana y que el ser humano es un ser racional. De lo que se trata es de no rechazar las emociones ni de dejarse llevar por las emociones, sino encauzarlas de tal manera que las emociones queden integradas en el bien humano.
Pensar que las emociones como tales son malas, o que nos perturban, o que nos apartan del bien racional, es desordenado. Las emociones no son malas per se.
Pero pensar que en las emociones se encuentra verdad o que tenemos que ser obedientes a las emociones, eso tampoco es propio del bien humano, porque las emociones sólo nos muestran cómo estamos situados frente a bienes particulares.
La vida humana tiene que ir más allá de bienes particulares, efímeros, contingentes, momentáneos. Porque si uno se deja llevar por las emociones, no puede ordenar su vida hacia el logro de bienes más elevados, más valiosos.
—Entonces, ¿los riesgos de una sociedad emotivista serían precisamente esos?
Totalmente. Primero va a haber relativismo. Después las personas no van a madurar, crecer, orientar su vida hacia el logro de cosas que tienen que conquistarse más allá de la situación o de la percepción que uno tiene de cómo se halla en cada momento.
Una sociedad emotivista que no madura tampoco se enfrenta a bienes superiores, no está dispuesta a sacrificarse por bienes comunes. Las emociones además son relativas a cada cual, entonces una sociedad emotivista es claramente individualista. La emoción no es un bien común.
—¿Y cuáles serían, en el extremo contrario, los riesgos de una educación que prescinda de las emociones o las considere algo negativo?
Lo seguro es que no es una educación que atenderá al bien integral de la persona. Pero, por otra parte, tampoco permitirá que los niños y los adolescentes se sitúen bien frente a la realidad de las cosas.
Las emociones van a estar presentes en la vida humana de cualquier modo por lo que el tener que estar moviéndose bajo la lógica de que las emociones son negativas llevará a que las personas no se comporten de un modo íntegramente humano: no serán afectuosas, no serán compasivas.
Hay que tener presente que dejarse llevar por una emoción no es lo humano, pero que si no hay una emoción que acompañe lo racional, tampoco lo racional es plenamente humano.
Le escucho decir eso y se me ocurre que precisamente aquí hay una diferencia radical entre una persona y una máquina.
Sí. O sea, somos radicalmente distintos en cuanto que la inteligencia artificial primero no es inteligencia. Pero es que además la inteligencia artificial no tiene inclinación. No tiene corazón. No tiene, por decirlo así, tendencia.
Entonces tampoco juzga ni resuelve desde cómo está situada frente a una realidad, desde cómo se percibe. Porque no se percibe. Y eso es fundamental para un cierto tipo de juicios operativos.
Puedes tener una máquina que resuelve problemas, pero el tema de las elecciones supone siempre cómo estás inclinado frente a las cosas.
En relación con esto, hablábamos también de jóvenes que crecen utilizando herramientas de IA para estudiar o resolver tareas. Al final acaban creyendo que, efectivamente, sí pueden ser sustituidos por una máquina.
Precisamente por esto yo creo que es importante la educación emocional de los niños, jóvenes, adolescentes. Yo creo que es importante ayudarles a discernir los impulsos del corazón.
Esto no se lo va a enseñar la inteligencia artificial. Es decir, hay que acompañarlos para que disciernan cómo se hallan situados. Y eso es educar las emociones.
Educar las emociones no es poner coto a lo más bello de la vida ni nada por el estilo. Es darse cuenta de que somos afectados por cosas y discernir ahí cómo tenemos que comportarnos.
Si no, uno se deja llevar por la emoción, no se da cuenta de que su juicio está siendo afectado por una emoción y termina valorando la verdad de las cosas desde una emoción.
En el seminario habló también de cómo las emociones muchas veces comienzan con una imagen o una representación. ¿Podemos intervenir sobre esas imágenes?
Sí, claro. Hay veces que a uno le surge una imagen espontáneamente, pero en la medida en que uno va discerniendo el corazón, también se da cuenta de que puede imperar sobre sus representaciones imaginativas.
Por ejemplo, ante una representación que conduce al temor, uno puede trabajar lo que está en esa imagen para darse cuenta de que el temor es excesivo, o de que se puede ver la cosa de otra manera.
Y esto sucede también con la tristeza o con el deseo. Muchas veces uno tiene que modificar las imágenes, porque si no se deja llevar por lo que está en la representación.
Durante el seminario llamó mucho la atención sobre una idea: que el ser humano no está “hecho” para permanecer en la tristeza. En una sociedad donde parece haber un malestar emocional cada vez más extendido, ¿de dónde cree que nace ese malestar contemporáneo?
Yo creo que el malestar nace de haber dado primacía a la concupiscencia. Si el deseo hacia bienes, sobre todo materiales o placenteros, no se ordena racionalmente, la vida de las personas tiende a la tristeza, porque van a estar continuamente frustradas.
Además vivimos en una sociedad que multiplica los deseos y que anticipa constantemente que las personas pueden ser felices porque pueden lograr cosas. Pero eso no se cumple. Y entonces las personas terminan bastante tristes.
También parece que hemos construido una cultura con muy poca tolerancia al sufrimiento o a la dificultad.
Sí, también. Hay como una especie de dogma según el cual no se puede sufrir. Entonces se hace todo lo posible para que una persona no tenga disgustos. Pero eso hace que una persona no se enfrente a la realidad de las cosas.
Y al final es el camino más directo al disgusto.
Hablábamos también de la atención, de cómo cuesta sostenerla en una cultura tan marcada por el entretenimiento inmediato y los estímulos constantes.
Claro. El problema de la atención está muy unido al hecho de que las personas están desparramadas en imágenes y acostumbradas a bienes inmediatos y placenteros.
Una persona que tiene que estar siempre a gusto necesariamente va a encontrar aburrida una clase de matemáticas o de historia. Porque atender exige una cierta disciplina afectiva.
Y ahí aparecía otra idea importante del seminario: que sin educación estética es muy difícil abrir la puerta a una educación moral.
Sí. Porque para conducir a una educación moral hay que admirar la belleza de un modo de actuar. La pura norma de cómo hay que comportarse, sin que haya un cierto gozo en un modo de actuar, es muy difícil.
En el mundo clásico siempre está la idea de presentar un modo de actuar que cause admiración, que deleite conocerlo, porque así uno querrá imitarlo.
En una sociedad donde la política, los algoritmos y la comunicación pública están tan dirigidos al impacto emocional, ¿somos realmente libres?
Somos libres. Ahora, la pregunta es si tenemos una libertad fortalecida o una libertad fácilmente doblegable por las emociones.
Una persona que deja una conversación porque se aburrió es libre. Una persona que abandona su vida porque se dejó llevar por un deseo también es libre. El problema es que su libertad ha sido doblegada por una emoción.
En una sociedad en la que todo es emotivo, lo que no tenemos es una libertad fortalecida para mantener una dirección hacia un fin sin dejarnos arrastrar por las emociones.
Para terminar: a veces se habla mucho de los jóvenes en términos negativos —la “generación de cristal”, la fragilidad emocional—. ¿Cómo cree que habría que dirigirse a ellos?
Yo creo que a los jóvenes hay que tratarlos como capaces de aquello a lo que están llamados. Hay que hablarles siempre según el ideal de aquello que tienen que ser.
Hay que tratarlos como personas capaces de solidaridad, de esfuerzo, de bien común. No como personas fallidas.
El ser humano está llamado a algo muy grande. Entonces tenerlo siempre “a ras de suelo”, en lo más inmediato, en lo más elemental, es destructivo.