La vigencia de la Escuela de Salamanca: “La tecnología determina lo que podemos hacer; las humanidades, lo que debemos hacer”

En el marco del V Ciclo de Conferencias El valor de la historia, la Fundación Tatiana y la Real Academia de la Historia dedican su programación de 2026 a la Escuela de Salamanca, un movimiento intelectual clave para comprender el origen del pensamiento moderno en Europa.
Con motivo de esta iniciativa, conversamos con Carmen Sanz Ayán, coordinadora del ciclo y académica de número de la Real Academia de la Historia, sobre la vigencia de este legado y el papel que la historia y las humanidades desempeñan en el mundo contemporáneo.

¿Por qué es importante fortalecer nuestra relación con el pasado? ¿De qué manera puede iluminar nuestro presente?
Debemos tener claro que el conocimiento del pasado no es una simple acumulación de datos estáticos, fijos e inamovibles y que la investigación histórica es absolutamente necesaria para renovar nuestro conocimiento.
También hay que ser conscientes de que el presente es el resultado de procesos históricos continuos que nos ayudan a entender las mutaciones sociales y económicas que han sucedido.
¿Qué cree que caracteriza nuestra manera contemporánea de mirar la historia? ¿Qué riesgos o limitaciones observa en ella?
Hay algo muy positivo en nuestra mirada actual que tiene que ver con que se ha dado visibilidad a individuos, grupos e incluso procesos sociales históricamente invisibilizados. En cuanto a la materialidad del acceso a la información histórica también existen ventajas objetivas que son las que nos ofrece el mundo digital.
Hoy en día la mayor parte de la población no suele acceder al conocimiento histórico a través de los relatos académicos formalizados, de los textos escolares o de los manuales universitarios. El acceso digital es una revolución que tiene una parte democratizadora muy valiosa, aunque ese acceso tan fácil y rápido puede estar mediatizado por algoritmos que tengan sesgo, que ofrecen contenidos hiperfragmentados o que no dan contexto ni relación con otros procesos históricos paralelos con los que puede existir conexión.
Todo ello significa que puede haber una dificultad para distinguir entre la investigación histórica documentada y la simple especulación en formato digital vertida sin control en redes sociales o páginas web de nulo valor científico. Saber discernir entre la información elaborada con rigor y la que no lo es resulta fundamental para tener un acceso eficiente al torrente de información existente.
Esa información de acceso y consumo rápido suele ser también hipericónica, lo que implica que a muchos demandantes de información histórica les cuesta leer textos extensos donde caben los matices y las gamas de grises.
Esta reducción de procesos históricos complejos a píldoras informativas o vídeos muy breves puede sustituir el análisis de causas y consecuencias de un proceso histórico por la mera acumulación de datos aislados.
Por otro lado, la demanda de información hiperpersonalizada puede inducir a mirar el pasado desde un presentismo radical que tiende a juzgar acciones de épocas pasadas bajo estándares morales del siglo XXI, sin capacidad para comprender el contexto mental de los actores históricos.
Suele repetirse que quien no conoce la historia está condenado a repetirla. ¿Comparte esa idea o le parece una visión demasiado pesimista de la historia?
La frase tiene seguramente un fin formativo positivo, pero es un tanto mecanicista y simplifica demasiado el concepto de proceso histórico. La historia no se repite exactamente.
Los contextos siempre son únicos e irrepetibles, ya que las condiciones socioeconómicas cambian constantemente y variables como la tecnología, la demografía o la cultura mutan de modo que las situaciones idénticas son imposibles.
Resulta indiscutible que las decisiones humanas actuales responden a estímulos nuevos y, por tanto, los actores de la historia son también distintos.
Creo que la historia no es un manual de predicciones, pero sí puede ser, por todo lo anterior, una herramienta de diagnóstico.
¿Por qué apostar por la Escuela de Salamanca?
Los pensadores de la Escuela de Salamanca sentaron las bases conceptuales para resolver dilemas morales, económicos y jurídicos de su época que están entroncados con problemas que han surgido en la actualidad. Desde sus supuestos teológicos, supieron unir la moral con la realidad práctica, ofreciendo soluciones que vale la pena conocer hoy cuando nos enfrentamos a debates éticos de profundo calado.
La Escuela de Salamanca es considerada por muchos como precursora de la modernidad. ¿Qué elementos de su pensamiento la hacen aún relevante para el siglo XXI?
Los pensadores de la Escuela de Salamanca renovaron y modernizaron la Escolástica medieval con aportaciones fundamentales basadas, en primer lugar, en la renovación metodológica: abandonando la repetición literal de textos antiguos en el aprendizaje universitario y aplicando los principios teológicos a los problemas sociales y económicos del momento.
Implementaron la separación de moral y derecho natural, es decir, idearon un marco legal aplicable a creyentes y no creyentes por igual, y priorizaron la observación de la naturaleza y la lógica para hacerla compatible con los textos sagrados, de modo que sirviera para resolver problemas reales.
La Escuela de Salamanca parte de una cosmovisión profundamente cristiana, en la que la autoridad divina ocupa un lugar central, ¿cómo puede tener eso sentido en el siglo XXI?
Evidentemente, para los cristianos es más fácil entenderlo porque tienen un sentido trascendente de la vida, pero para los que no lo son, su cosmovisión cristiana adquiere sentido en el siglo XXI por su defensa de la igualdad ontológica, es decir, por afirmar que todos los seres humanos fueron creados a imagen de Dios y por ello dedujeron que las poblaciones autóctonas americanas poseían la misma dignidad que los europeos.
Defendieron el concepto de dominio natural (dominium natural), es decir, el derecho innato que tiene todo ser humano, por el simple hecho de ser racional, a ser dueño de su propia vida, de sus bienes y de sus decisiones.
Los teólogos de la Escuela de Salamanca, como Francisco de Vitoria, utilizaron este concepto para defender que los indígenas americanos eran los legítimos dueños de sus tierras. El pecado, la falta de fe cristiana o el atraso cultural no anulaban la dignidad humana ni los derechos básicos otorgados a todas las personas.
Del mismo modo, establecieron criterios éticos estrictos para la “guerra justa”, prohibiendo el saqueo y la conversión forzada.
En cualquier caso, no es necesario validar la premisa teológica (la existencia de Dios) para valorar el sistema de pensamiento. Su mérito radica en que utilizaron una estructura intelectual religiosa para crear herramientas conceptuales laicas, racionales y universales que pueden ser aplicables al mundo globalizado.
Si solo hubiera una lección que pudiéramos extraer de la historia y de la Escuela de Salamanca, ¿cuál sería?
En cuanto a la Escuela de Salamanca, quizá que los derechos humanos emanan de la dignidad intrínseca del individuo.
En cuanto a la historia, una de las posibles lecciones es que la naturaleza de los seres humanos y sus motivaciones son constantes dentro de su evolución, mientras que los contextos son cambiantes.
Los impulsos biológicos y psicológicos básicos no cambian; las instituciones, la tecnología y las culturas son las que mutan constantemente.
En ese sentido, el comportamiento es el resultado de motivaciones ancestrales reaccionando a estímulos modernos.
En un contexto dominado por la inteligencia artificial, la velocidad tecnológica y la utilidad inmediata, ¿qué lugar cree que deben ocupar hoy las humanidades? ¿tiene sentido seguir apostando por estas disciplinas?
Hay que apostar ahora más que nunca.
Aunque solo pensemos en términos de supervivencia. En el mercado laboral dominado por la inteligencia artificial, las habilidades técnicas se están automatizando rápidamente, y al mismo ritmo se irán amortizando muchos puestos de trabajo, mientras que adquirir competencias humanísticas se está convirtiendo en un factor diferencial.
Es evidente que el cerebro humano no evoluciona ni puede competir con la velocidad de los algoritmos, pero hay consecuencias del uso de la tecnología que ya conocemos y que afectan al funcionamiento de nuestro sistema nervioso; por ejemplo, la sobreestimulación digital altera nuestros niveles de dopamina o el uso de pantallas modifica la capacidad de atención humana.
Hay actividades directamente conectadas con el cultivo de las humanidades que reequilibran este sistema: la contemplación y la interpretación de obras de arte estabilizan el funcionamiento del cerebro, el conocimiento filosófico puede frenar la ansiedad tecnológica y la lectura profunda ayuda a recuperar la capacidad de concentración, mientras la historia bien elaborada proporciona herramientas críticas frente a la desinformación.
De modo que las humanidades se han convertido en una necesidad biológica para la supervivencia en un mundo tecnológico.
Por otro lado, la gobernanza ética de la IA es esencial: la tecnología determina lo que podemos hacer, pero las humanidades definen lo que debemos hacer.
Los datos no bastan. La historia hecha con método científico permite identificar sesgos y errores. Se necesita comprender el contexto social, los mitos, las religiones o la evolución de los lenguajes.
El pensamiento humanista cultiva la paciencia cognitiva, el análisis profundo y la lectura crítica, frente a la fragmentación de la atención que provoca la velocidad tecnológica.
La IA carece de conciencia biológica y, aunque optimiza tareas, lo hace sin empatía. Las humanidades marcan los límites morales que no deben ser sobrepasados, porque sin ética la tecnología puede destruir su propio entorno.
Las humanidades constituyen, en definitiva, el reservorio de nuestra ventaja evolutiva como especie.
¿Qué papel cree que deben desempeñar instituciones como la Fundación Tatiana Pérez de Guzmán el Bueno y la Real Academia de la Historia en la difusión del pensamiento humanístico?
Creo que una de sus principales funciones es visibilizar y difundir todo lo anterior, cada una desde su campo de acción, y, si es posible, aunando esfuerzos.
El cultivo de las humanidades es más necesario que nunca, y sin embargo desaparecen departamentos en muchas universidades. Ahí hay un vacío que instituciones como la RAH o la Fundación Tatiana pueden ayudar a cubrir.
Además, la Fundación Tatiana puede fomentar espacios de reflexión donde se cruce tecnología y humanidades, especialmente entre los jóvenes. Las humanidades no deben convertirse en disciplinas de museo: no pueden competir con la IA, pero sí deben dirigirla, cuestionarla y humanizarla.
¿Qué criterios han guiado la preparación de este ciclo de conferencias?
La Fundación Tatiana forma parte, desde 2019, de la nómina de protectores de la Real Academia de la Historia, con el objetivo de visibilizar y difundir ciclos de conferencias que revisen conceptos historiográficos arraigados en los discursos actuales, combatiendo interpretaciones anacrónicas o reduccionistas.
El marco general es El valor de la historia, y en 2026 se aborda la Escuela de Salamanca, una construcción historiográfica del siglo XIX con gran fortuna interpretativa posterior. Este movimiento intelectual del siglo XVI abordó cuestiones como el derecho natural, el derecho de gentes, la guerra justa, la propiedad, la esclavitud o la soberanía, y celebra su quinto centenario.
Más allá de la efeméride, lo relevante es la vigencia de muchos de sus postulados.