Gregorio Luri y su elogio de la mediocridad

En tiempos de perfeccionamiento, progreso y autoayuda, el filósofo Gregorio Luri se ha atrevido a publicar un libro que lleva como título La dignidad del mediocre. Lo que podría parecer un homenaje a la banalidad, es en realidad un elogio a lo más auténtico y verdadero de la condición humana, tal y como pudo explicar durante la presentación de su libro en la Fundación Tatiana.
Gregorio Luri empieza su intervención agradeciendo. Agradeciendo a la Fundación Tatiana, de la que dice decirse “hijo dadoptivo” desde aquella primera vez en la que fue invitado para hablar del Eutifrón de Platón a los jóvenes. Agradecido a sus compañeros de coloquio, José Luis Pardo y Helena Farré Vallejo, porque la “amistad es la mejor terapia”. Agradecido a la editorial Encuentro, con la que ya ha publicado tres libros.
Y ya decía Marco Tulio Cicerón que “tal vez la gratitud no sea la virtud más importante, pero sí es la madre de todas las demás”. Y justamente de virtudes se habló durante el coloquio en el que se debatieron las ideas de su nuevo libro.
Como clave para entender nuestro momento presente, Luri recuerda a Frankestein, la obra de Mary Shelley. Cuando el monstruo se reencuentra con su creador después de dejar un río de destrucción a sus espaldas, le suplica: “Hacedme feliz y seré virtuoso”.
El autor señala este momento como un cambio de paradigma en el que las aspiraciones a la felicidad y el bienestar sufren de inflación y el ser humano olvida que el premio de ser virtuoso está en la propia virtud adquirida.
“Yo creo que no hay que esperar a ser feliz para intentar ser una buena persona”, advierte Luri. Precisamente por eso, el filósofo reivindica el ejercicio moral extraordinario que supone mantenerse como mediocre, teniendo en cuenta que “el ser humano es el único animal puede degradarse”.
El mediocre entendido no como aquel que pacta y se despreocupa de su excelencia, sino con aquel que sabe que puede mejorar, pero sin rendir su vida en el altar de una utopía de felicidad perfecta inexistente.
“La cima que hay que alcanzar no es la cima de llegar primero, sino la cima de ascender. Es la propia aspiración en donde está realmente la virtud”, explica Luri. “La dignidad del mediocre es esa situación tan terrible, en el fondo, de tener que esforzarse por lograr una vida lograda a sabiendas de que eso es absolutamente imposible. A sabiendas de que para nosotros, los mortales, no hay un acabamiento definitivo”, reflexiona.
Paradójicamente, es esfuerzo por ascender, que es con el que la persona va cincelando su dignidad moral, tiene que hacerse con los pies muy pegados a la realidad, algo que la tecnología hace cada vez más difícil.
“Entre la tecnología y los sueños, hemos inflacionado el sentido de lo posible y hemos reducido el sentido de lo real”, sostiene. Esto se debe a que la realidad del ser humano es que es frágil, dependiente y, sobre todo, mortal.
Sin embargo, el filósofo apuesta por encontrar aquello que permanece en medio de lo efímero. “Entre la tecnología que tenía mi abuelo y la que tengo yo, no hay nada igual. Pero, si de mi abuelo hubiera heredado un ejemplar de la Odisea, no haría falta renovar nada”, señala.
“Hay un pulso vivo de lo humano que se mantiene vivo”, reivindica Luri. Merece la pena descubrirlo.