ENTREVISTA

Daniel Capó: Ser frágiles nos permite dar fruto

10 de octubre, 2025
Ser frágiles nos permite dar fruto

Daniel Capó  (Mallorca,1973) es columnista, crítico literario y ensayista, autor de obras como Florecer y Un director de orquesta en el Tercer Reich y miembro del consejo asesor de la editorial Libros del Asteroide.

En “El humanismo para el mundo de hoy”, su conferencia durante el curso de verano organizado por la Fundación Tatiana en Cáceres —un encuentro que, inspirado en tradiciones como el humanismo cívico renacentista, aspira a actualizar esas ideas para una sociedad fragmentada por la postmodernidad—, Capó habló sobre la necesidad de dejar atrás la cultura del descarte y el nihilismo y apostar por la esperanza, de aceptar la propia fragilidad y de no permitir que las miserias del pasado se conviertan en cadena.

Le entrevistamos ahora sobre cómo materializar esa propuesta, sobre su reivindicación del papel de la amistad y sobre cómo mirar al futuro sin renunciar a la verdad y a la belleza.

Propones básicamente un humanismo de la esperanza, ¿por qué es tan necesaria esta virtud ahora mismo?

 

La vida moderna nos considera a todos, de algún modo, culpables y define la humanidad desde esa perspectiva, que es la de la sospecha. Y a veces puede haber buenos motivos para pensar así, pero el hombre no es solo eso.

Quiero decir que nuestro pasado no es una condena cuando creemos en la esperanza. La vida no está sellada por lo que hicimos, sino por la posibilidad de reconstruirnos desde una verdad más plena. Y esa posibilidad de levantarnos de nuevo, esa cultura que se funda en el horizonte moral de la libertad —porque la condición humana no se agota en sus fracasos, sino que siempre puede más y mejor—, es lo que define al humanismo de la esperanza.

Nombraste la espiritualidad fragmentada como uno de los enemigos de esta esperanza, ¿qué quiere decir eso? ¿Cómo la reintegramos?

 

Una vez le escuché decir a Daniel Barenboim que un sonido puede ser muy hermoso y etéreo, pero que si carece de un centro sólido, entonces es un sonido falso: no es música.

Pienso que se entiende lo que quería decir. En su sentido más profundo, la vida exige la búsqueda de un centro, de una unidad interior que nos permita ensanchar la intimidad y mirar fuera de nosotros sin perder quiénes somos.

Un monje cartujo a quien admiro mucho, Dom Porion, en una de sus cartas, recomienda, casi de forma taxativa, “¡sé interior!” La esperanza no se alimenta de la fractura exterior, sino de la memoria de un corazón que escucha y se escucha.

Propones la aceptación de la propia fragilidad, ¿cómo logramos que ese proceso no desemboque en algo incapacitante, sino en una apertura mayor?

 

En la ponencia cité un hermoso texto de Isaac de l’Etoile, un autor medieval. Él observó que antes de emprender el vuelo, los pájaros se inclinan y tocan el suelo con su cuerpo. Y lo comparaba con el hombre, que también antes de volar debe aceptar su fragilidad. La humanidad nace del contacto con ese humus que es fermento y origen. El humus es la tierra que recibe lo que existe y tiene la capacidad de transformarlo en fruto. Entendido de este modo, ser frágiles nos permite dar fruto. Aunque, por supuesto, debamos pagar un precio por ello. La esperanza, el perdón, el amor o la amistad no son virtudes baratas.

Hablaste también de la necesidad de pasar de la cultura del descarte a la cultura del humanismo, ¿cómo hacemos eso?

 

Quizás la palabra clave sea transformar. La cultura del descarte expulsa de la vida lo que considera que falla. Un humanismo centrado en la esperanza, en cambio, aspira a convertir nuestra fragilidad en abono.

A mí me impresiona mucho el testimonio de la escritora judía Etty Hillesum durante la II Guerra Mundial. En el campo de exterminio, Hillesum convirtió su cuerpo en pan, lo desmenuzó y se repartió a sí misma entre los hambrientos. En aquel infierno, con sus fuerzas tan limitadas, creó un espacio de amor. Ella no era ningún descarte, como creían los nazis, sino un ejemplo para muchos.

¿Qué papel juega la amistad en todo esto?

 

Siempre cito una frase de san Agustín que descubrí gracias a Owen Chadwick: “para conocer a alguien debes partir siempre de la amistad”. Ese alguien puede ser también un periodo histórico, un libro o un país.

La amistad nos enseña que la realidad no es un producto de las ideologías, sino la suma de muchas experiencias compartidas. De hecho, creo que es uno de los rostros más humanos de la esperanza.