Javier Bernácer: “Cuando nos planteamos las grandes preguntas, no hay manera de acometerlas desde la hiperespecialización”

Javier Bernácer es neurocientífico y filósofo y el director del Máster de Formación Permanente en Neurociencia y Humanidades organizado por el Centro Internacional de Neurociencia y Ética (CINET) de la Fundación Tatiana y la y la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP).
El programa del máster reune a un claustro internacional y diverso y combina un enfoque académico sólido con una perspectiva innovadora, reuniendo conocimientos de neurociencia, filosofía, ética, inteligencia artificial, arte y derecho.
Conversamos con Bernácer sobre el programa, la necesidad de una mirada más interdisciplinar en la ciencia, las grandes preguntas a las que se enfrenta la neurociencia, la aportación que pueden realizar las humanidades y la formación de las nuevas generaciones de profesionales.
¿Humanidades para un máster que busca explicar el cerebro? De primeras no lo es lo que a uno se le viene a la cabeza…
El cerebro es parte del sistema nervioso, que siempre se desarrolla con el resto del cuerpo. Y este, a su vez, es una parte integral de la historia biográfica del organismo. Cuando hablamos del ser humano, cerebro, cuerpo e historia vital, incluyendo nuestras relaciones con el entorno, son inseparables. Por ello, para entender bien el cerebro, hay que entenderlo en el conjunto de la persona. Algunos campos del saber tratan la parte biológica o fisiológica del ser humano, y otros, la mental, la histórica o la relacional. Para entender bien al ser humano, es necesario volver a integrar todos estos saberes. Si no, tendremos una visión fragmentada.
¿La hiperespecialización ha hecho que perdamos la visión de conjunto de la persona? ¿Qué consecuencias tiene eso para la ciencia?
Efectivamente. La división de los saberes, que cada vez es más exagerada, hace que perdamos la visión de conjunto de los organismos, y especialmente del ser humano, cuya riqueza es aún mayor. Hasta cierto punto, la investigación hiperespecializada es buena, porque permite conocer en mayor profundidad ciertos aspectos de la realidad. Sin embargo, cuando nos planteamos las grandes preguntas, no hay manera de acometerlas desde la hiperespecialización.

¿Existen muchos programas como este en todo el mundo?
Sinceramente, no. Podemos decir que este programa es único en el mundo. Hay pocos programas que traten sobre este tema (la integración de la neurociencia y las humanidades), y, que sepamos, el nuestro es el único con esta estructura: primero una formación complementaria según el campo del saber del que proceda el alumno, y después la formación en temas interdisciplinares de vanguardia.
El máster dedica una asignatura específica al problema mente-cerebro. ¿Por qué sigue siendo una de las grandes preguntas de nuestro tiempo?
Porque es algo que, lejos de ser un tema meramente académico, nos toca muy de cerca. Todos tenemos una sensación de tensión entre nuestra actividad mental (nuestros deseos, creencias, decisiones) y nuestra biología. Como ejemplo extremo, tenemos el problema de la enfermedad mental: ¿por qué me cuesta tanto controlar un ataque de ansiedad, o superar los síntomas depresivos? Académicamente, después de decenas de siglos de reflexión sobre este tema, se han propuesto distintas posturas, cada una de ellas con sus ventajas y sus inconvenientes. Pretendemos que el alumnado reflexione sobre ellas para alcanzar la postura que más le satisfaga, o incluso que, gracias a la formación integral que reciben, desarrollen nuevas respuestas al problema.
¿Le preocupa que tendamos a comparar demasiado fácilmente el funcionamiento del cerebro con el de un ordenador?
Sí, este es un problema importante. A lo largo de la historia, el cerebro, debido a su complejidad, siempre se ha comparado con el avance tecnológico de la época. Lo más irónico es que los investigadores de cada una de esas épocas han pensado que esa metáfora era la definitiva. El paradigma computacional del cerebro ha traído muchos avances para el conocimiento del cerebro, pero empieza a haber la sensación de que ahora está entorpeciendo la investigación más que ayudándola.
¿Cuáles son otras grandes cuestiones de la neurociencia ahora mismo que se pueden ver ayudadas por las humanidades?
Por ejemplo, el estudio científico de la conciencia. ¿Hasta qué punto podemos estudiar desde la psicología o la neurociencia la experiencia subjetiva? También es muy importante el diálogo al acometer los desafíos éticos de las nuevas neurotecnologías. ¿Es lícito emplear ciertas técnicas que modifican nuestro cerebro, sabiendo que también pueden afectar a corto o largo plazo a nuestra actividad mental? En el máster también tenemos asignaturas que estudian el papel de la neurociencia en otros aspectos, como la educación, el arte, o, por supuesto, la inteligencia artificial.
¿Qué aspectos de la experiencia humana todavía no podemos explicar únicamente desde la actividad neuronal?
¡Buf! ¡Diría que todos! Dicho de otra manera: no podemos explicar completamente ningún aspecto de la experiencia humana desde la actividad neuronal.
El programa busca fomentar el pensamiento crítico frente a las técnicas de vanguardia, aspectos éticos y sociales…¿no aceptar lo nuevo solo por ser nuevo? ¿qué otros criterios imperan?
La intervención en neurociencia siempre ha seguido un curso curioso, que no es comparable a otras disciplinas. Por ejemplo, el uso de medicamentos para la depresión, la ansiedad, el foco de la atención, etcétera, en la mayoría de los casos (o quizá en todos) ha comenzado de manera fortuita, de casualidad. Y en muchas ocasiones aún no sabemos de qué manera afectan al sistema nervioso. Hoy día, con el empleo de las neurotecnologías, se vuelve a tener la tentación de primero empezar a usar, ver qué hacen, y después empezar a regular. Por ello, es importante una reflexión ética global que permita anticiparnos a los problemas que están por venir.
El claustro reúne a expertos de distintos ámbitos y procedentes de universidades de todo el mundo. ¿Qué aporta esa diversidad al estudiante y qué tipo de conversaciones espera que se produzcan entre profesores que, sobre el papel, hablan lenguajes tan distintos?
Esto es una parte integral de la formación interdisciplinar. Pero lo más importante y enriquecedor para el alumno, a mi juicio, no es solo poder discutir con profesores de disciplinas muy distintas, sino que de hecho tienen posturas opuestas con respecto a ciertos temas. Por ejemplo, en la asignatura sobre el problema mente-cerebro contamos con el buque insignia del materialismo eliminativista, Patricia Churchland, y también con defensores muy sólidos del dualismo, del emergentismo, del aristotelismo o del monismo de aspecto dual. Con la promoción de estas discusiones han salido ganando los alumnos, pero también los profesores, quienes han felicitado a los alumnos por la riqueza de las discusiones.
¿Qué tal fue la experiencia de la I edición? ¿Cuál es el perfil del alumno?
Fue maravillosa. Como digo, tanto alumnos como profesores han disfrutado y aprendido mucho. Hemos tenido alumnos procedentes de la psicología, la neurobiología, la filosofía, e incluso la astrofísica. Todos ellos se han sentido muy integrados y capaces de seguir las discusiones del segundo cuatrimestre. De hecho, a pesar de ser de distintas partes del mundo, han querido defender sus trabajos de fin de máster de manera presencial, para tener una experiencia aún más intensa.
Si dentro de diez años los alumnos de este máster hubieran contribuido a cambiar nuestra forma de entender el cerebro y a la persona, ¿qué le gustaría que hubieran conseguido?
Promover una visión más humana de la neurociencia tanto al mundo académico como a la sociedad en su conjunto. Y, sobre todo, que tengan un gran compromiso con la verdad y con el progreso del saber en su conjunto. Si han conseguido esto, lo demás vendrá por añadidura.