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Bienvenidos al belén monumental que la Fundación Tatiana presenta cada Navidad en este magnífico enclave del Palacio de los Golfines de Abajo.
Desde hace varios años, la Fundación viene difundiendo el valor histórico de una de las expresiones artísticas más populares: el Belén, una tradición reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial de España, que sigue viva gracias al trabajo de artistas, artesanos y amantes del belén en todo el mundo.
El montaje de este año nos invita a viajar a una ciudad que parece hecha de luz y reflejos: la Venecia del siglo XVIII. Una Venecia soñada, reinventada, convertida en poesía en miniatura bajo el título “Capricho Veneciano”.
El creador de este belén monumental es Ángel Luis López, historiador del arte zamorano y fundador de Escenografías para el Belén, taller de arte belenista donde desarrolla su trabajo desde hace más de 10 años.
Durante los próximos minutos recorreremos la historia del belén, sus raíces, la ciudad imaginada que sirve de escenario, la llegada de los Reyes Magos… y la magia de sus figuras, auténticas obras de arte talladas en madera.
El Capricho Veneciano es un belén monumental, una escena continua que se despliega ante la vista como un gran escenario teatral.
No hay compartimentos ni escenas aisladas: todo forma parte de un mismo mundo.
Este belén “regional” nos transporta a una Venecia caprichosa e inventada, inspirada en el imaginario colectivo.
Una imagen poética de la ciudad formada gracias a las obras de los grandes pintores vedutistas venecianos del siglo XVIII, como Antonio Canaletto.
Así, el escenario de este belén no es una reproducción literal de Venecia, sino esa ciudad de los canales imaginada.
Aquí, los edificios se alzan en escorzo para ganar profundidad y dramatismo, las calles se retuercen con un encanto casi laberíntico.
Las torres y tejados ofrecen contrastes de color y textura que aportan ritmo a la composición.
La ciudad, ya sea real o inventada, es un microcosmos: un universo en miniatura que respira vida.
Cada callejón, cada pasadizo, cada escalinata introduce a personajes en plena actividad cotidiana.
Podemos observar al alfarero en su taller, al panadero con su puesto, a los mozos cargando sacos y a comerciantes que ofrecen alfombras, alimentos o cerámicas.
Vemos a damas y caballeros conversando, mujeres transportando cántaros de agua, y figuras que retratan fielmente la vida diaria del siglo XVIII.
El agua real que fluye por los canales añade un componente esencial: movimiento, sonido, reflejos.
En este paisaje destaca la silueta del Campanile de San Marcos, que emerge entre las casas como un faro veneciano inconfundible, o la torre del palacio Contarini del Bovolo, con su inconfundible escalera de caracol.
La ciudad está llena de pequeños detalles: interiores completos con mobiliario en miniatura, texturas que alternan piedra, ladrillo, madera y revocos de colores.
Todo invita a mirar despacio, a descubrir rincones ocultos, a perderse en este laberinto encantado.
El corazón narrativo de este belén es la Epifanía: el momento en que los Reyes Magos, guiados por la estrella, encuentran al Niño Jesús.
El Evangelio de San Mateo narra la llegada de los Magos desde Oriente, su búsqueda, su alegría al encontrar al Niño y la ofrenda de oro, incienso y mirra.
Aquí, en “Capricho Veneciano”, esta escena adquiere una espectacularidad única: Podemos ver a los reyes Gaspar y Baltasar atravesando en góndola uno de los canales de la ciudad acompañados de sus pajes portando los regalos que llevarán al niño.
La escenificación hace alusión a las históricas recepciones reales, visitas oficiales y otras grandes festividades genuinamente venecianas, como el Bucentauro, la nave que utilizaban los dux en el día de la Ascensión.
Destacan las embarcaciones doradas por su llamativo diseño y atrezzo, con su abigarrada decoración rococó en la que las orlas de volutas, los roleos vegetales y los querubines aportan gran plasticidad. Las góndolas se convierten en espectaculares surtidores gracias a las figuras antropomorfas que parecen escupir agua por sus bocas.
Ya en tierra, un cortejo real que encabeza Melchor montado sobre un elefante y acompañado de heraldos, pajes, caballos y animales exóticos, se dirige camino del Pesebre instalado en el rincón más humilde de todo el montaje: el porche en ruinas de un edificio neoclásico.
La composición, inspirada en la obra Carnaval de Antonio Canaletto, muestra la teatralidad festiva del siglo XVIII.
Pero fijémonos en las figuras, la imaginería de los belenes regionales es tan variada como lugares de origen hay.
El conjunto escultórico se compone de más de un centenar de piezas talladas en maderas nobles como tilo, arce, roble o pino cembro. Estas figuras están policromadas con pintura al óleo y algunas sobredoradas con pan de oro de 24 quilates.
Las figuras, todas de bulto redondo, oscilan entre los 10 y los 27 cm de altura, y han sido realizadas siguiendo técnicas tradicionales por los afamados talleres italianos DEUR, LEPI y BERNARDI.
Algunas figuras reproducen modelos del escultor tardobarroco Johann Giner el Viejo. Originario del Tirol, Giner vivió y trabajó en la segunda mitad del siglo XVIII y principios del siglo XIX, siendo recordado como uno de los imagineros de belenes más populares de su época. Descendiente de una familia de tallistas que trabajaba en Tahúr, cerca de Inssbruck en el norte del Tirol, su obra en madera policromada destaca por la combinación de elegancia e ingenuidad, envuelta en una estética rococó, que reproduce los tipos populares de forma fidedigna, así como la moda imperante en el siglo XVIII.
La casa italiana Lepi, fundada en 1920, mantiene viva la tradición de la talla en madera tan arraigada en la zona Val Gardena desde el siglo XVIII. Este taller reproduce con gran maestría los tipos populares de Johann Giner el Viejo, como la campesina o el niño flautista. También provienen de este taller el heraldo, que se encuentra en el canal junto a las góndolas reales, un integrante habitual del séquito de los Magos durante el Barroco, que difícilmente se encuentra en los belenes actuales.
La colección original que inspira estas figuras se conserva en el Museo Diocesano del Palazzo Vescovile de Bressanone, en Italia.
Otro grupo importante de figuras procede de los talleres Deur, ubicados en la ciudad de Santa Cristina en Val Gardena. Su serie “La Mascarada Veneciana” incluye una galería de tipos venecianos del siglo XVIII que representan a los personajes de la Comedia dell’Arte italiana, género teatral surgido en el país a mediados del S.XVI.
En estas obras durante el barroco, había tres tipos de personajes: Los criados o zanni, los amos o señores y los jóvenes enamorados o amantes.
Cada uno codificado por su atuendo y máscara.
Los criados eran pobres y debían hacer lo que fuera por sobrevivir. Solían ser personajes tramposos y de moral distraída a los que las cosas no siempre les salían bien, entre ellos estaban: Polichinela, Arlequín o, el más astuto, Briguella.
Este último viste de blanco, con algunos adornos verdes, y podemos observarlo cerca del mosaico con la firma del autor.
También había mujeres como la Spagnola, que se encuentra vendiendo cestos…
Los amos o señores eran hombres de avanzada edad, malvados que sólo buscaban su propio enriquecimiento y para lo que no dudaban en hacer la vida imposible a los demás. Lucían caros y vistosos ropajes así como una máscara que los hacía fácilmente reconocibles. Solían ser el blanco de todas las críticas a los problemas sociales y representaban los distintos estamentos:
Aquí podemos ver a Pantalone, rico y tacaño, que representa al poder económico.
Capittano, vestido como un oficial español del S.XVI, con su espadón, representa al poder militar. Y el Dottore representado por el jurista, a los intelectuales.
Los enamorados eran los hijos de los señores, que se oponían a sus padres y aunque en teoría eran los protagonistas de la obra, sus personajes carecían de gracia, un rasgo característico es que nunca llevaban máscara.
Los talleres Deur también tienen el honor de haber creado el misterio central de nuestro conjunto: el Niño, la Virgen María y San José, acompañados por los ángeles.
Y aquí llegamos al lugar esencial de este conjunto, el destino de los Magos de Oriente.
El niño, que descansa en el pesebre, es observado de cerca con admiración por San José y la Virgen María.
Forman un conjunto con todos los atributos de una escena barroca: la diagonal que une la cabeza de San José con el cuerpo de la Virgen aporta dramatismo a la escena, reforzado por el movimiento que confieren los pliegues de las telas.
Esto crea juegos de luces y sombras, curvas y contracurvas que generan un ritmo visual, una profundidad y una teatralidad que son la esencia de las escenas barrocas.
Al servicio de la representación del Nacimiento de Jesús, estos elementos estéticos nos transportan emocionalmente a sentimientos simultáneos y contradictorios: lo natural y lo sobrenatural, lo terrenal y lo divino, la riqueza y la pobreza…
Pero, para comprender el belén de hoy, debemos regresar al año 1223.
Cuenta la historia que San Francisco de Asís, de regreso de una peregrinación a Tierra Santa, celebró la Navidad en Greccio, una pequeña localidad situada entre Roma y Asís.
Inspirado por una profunda devoción, San Francisco celebró la Eucaristía nocturna en una gruta cercana a Greccio. Para esta ocasión especial, organizó una representación viviente del nacimiento, que incluía un pesebre, una mula y un buey, aunque curiosamente, sin la figura del niño Jesús.
Esta celebración se considera el origen del nacimiento, belén o pesebre, tal como lo conocemos hoy.
Inicialmente, las representaciones del nacimiento de Jesús se celebraban como tradición dentro de las iglesias, con el paso del tiempo, trascendieron el ámbito eclesiástico y los seres vivos fueron reemplazados por figuras.
Es en este punto donde encontramos el germen de una costumbre que hemos mantenido hasta nuestros días.
El belén es arte sencillo, pero esconde la representación del acontecimiento histórico central en la Historia de la Humanidad, es memoria, celebración, belleza…
Es un puente emocional entre generaciones que sigue ilusionando los corazones de grandes y pequeños en cada Navidad.
Gracias por acompañarnos en este viaje por la Venecia soñada de “Capricho Veneciano”, esperamos que hayan descubierto los secretos, la creatividad y el trabajo artesanal que se esconde detrás de cada una de estas figuras.. La Fundación Tatiana les desea una feliz Navidad y les invita a seguir disfrutando del recorrido por el Palacio de los Golfines de Abajo.
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