Bienvenidos a la exposición Noche de Amor que, para estas Navidades, ha organizado la Fundación Tatiana, en colaboración con la Colección Basanta-Martin.
Permítanme que me presente: mi nombre es Antonio Basanta y soy, junto a mi esposa, el impulsor y propietario de la Colección de belenes de la que proceden los más de 40 grupos que, con especial cariño, hemos seleccionado para esta muestra. En diez de dichos grupos, a través de QRs visuales y sonoros, si así lo desean, tendré el placer de acompañarles, compartiendo con ustedes cuestiones y detalles que estimo pueden ser de su interés.
El recorrido de la exposición se inicia en el continente africano, con belenes elaborados en los más diversos materiales; seguidamente accederemos al espacio destinado a Asia y Pacífico, donde podremos rastrear la huella española en no pocos de los grupos exhibidos. A continuación, América nos deslumbrará con sus creaciones plenas de colorido e imaginación, para finalmente desembocar en Europa y contemplar la riqueza extraordinaria de varios de sus belenes.
Por último, compartiremos un espacio muy especial, nacido de una feliz efeméride: y es que, en este 2024, celebramos los 40 años de dedicación incesante y fertilísima del más grande de los escultores españoles contemporáneos cuya labor se ha dedicado, casi exclusivamente, al belén. Hablamos de José Luis Mayo Lebrija quien precisamente, en 1984, recibió el Primer Premio en el Concurso de Figuras de Nacimiento que convocara la Asociación de Belenistas de Madrid. De entonces acá, su obra ha sido gigantesca. En calidad y en cantidad.
En un año en el que se están rindiendo diferentes homenajes al maestro, la Fundación Tatiana ha querido sumarse a ellos y acoger en esta exposición uno de sus montajes belenistas.

La pieza que abre el conjunto de belenes procedentes del continente africano es realmente excepcional. Proviene de Guinea Bissau, la antigua colonia perteneciente a Portugal, país al que tanto debe la presencia del belén en África.
Se trata del Retablo de palo de sangre, elaborado en esta singularísima madera, de un rojo intenso y protagonista de una hermosísima leyenda. Cuenta la tradición que el árbol del que procede sirvió de acomodo a un guerrero que, malherido, quiso expirar recostado en su tronco. El árbol lo acogió y fue recogiendo en sus raíces las últimas gotas de sangre de su infortunado compañero, hasta que todo su interior se volvió de un rojo incandescente, color que, en la nación de la que procede esta pieza, es símbolo del Amor por antonomasia.
Nada más propio para este excepcional belén que, cuando permanece cerrado, simula la estructura de un chozo tradicional – con su típica techumbre de ramas – y que, al abrirse, nos desvela su extraordinaria belleza.

Si la madera de palo de sangre va unida a una hermosa leyenda, lo mismo ocurre con la que da pie a este conjunto. Se trata del ébano. Y lo hace en una doble variedad: la negra, que es la más común, pero también la marrón y blanquecina, mucho menos frecuente. La historia legendaria de su origen tiene que ver con la de dos enamorados: él, de raza negra y ella, de raza blanca, quienes se juraron amor para siempre y que, repudiados por la comunidad en la que vivían, terminaron refugiándose en el bosque, donde vivieron felices hasta que, muchos años después, ambos fallecieron. Lo hicieron el mismo día, en el preciso momento en que el sol se acostaba en el horizonte. Cuenta la leyenda que, de inmediato, de ambos cuerpos inertes brotaron sendos árboles, cuyo interior era del mismo color de la piel y raza de cada uno de los enamorados. Y que, elevándose, sus copas coronaron el cielo, cruzando sus ramas como testimonio de su amor inextinguible.
El mismo sentimiento cordial que se refleja en este belén. Y, muy en especial, en la figura de ese Niño que, sin dejar de ser Dios, quiso también ser hombre para hacernos a todos partícipes de su amor universal.

Francisco Manuel Cajumban es uno de los más grandes talladores de madera en Filipinas, el país en el que curiosamente más se prolongan las Navidades, pues es tradición que se empiecen a celebrar el primer día del mes de septiembre y se extiendan hasta el tercer domingo de enero del siguiente año.
Nosotros tuvimos el placer de conocer personalmente a este artista en uno de nuestros viajes a Manila, pues muy cerca de la capital es donde se ubica el taller. Acudimos atraídos por el prestigio de su obra. Y sabedores de que, entre sus tallas, abundaban los belenes.
La visita no nos decepcionó en absoluto. Primero, por la extraordinaria cordialidad y acogida que nos brindaron. Y, sobre todo, por lo que pudimos contemplar en su taller: una obra en madera realmente magnífica, como bien se puede apreciar en el conjunto que aquí exhibimos, con algunas figuras de especial belleza. Sirvan como ejemplo la del pastor que se apoya en un rústico vallado, mientras lanza al aire una melodía procedente del instrumento musical que porta. O la del zagal que, portando también un instrumento de viento, nos obsequia a todos además con el mejor de los regalos: su sonrisa.

Frecuentemente muchas personas nos preguntan si todos los belenes de nuestra colección los hemos adquirido personalmente. Lo cierto es que así ha sido en la mayor parte de las ocasiones. Pero es igualmente verdad que otros belenes han llegado a nuestras manos a través de la mediación de personas, que nos han puesto en la pista de tal o cual grupo e incluso nos han ayudado en los posteriores procesos de adquisición y envío.
Este es el caso de una de las más grandes coleccionistas norteamericanas de belenes: Emilia Govan, que fue quien primero nos habló de los belenes mogoles, nacidos en el corazón del legendario Indostán.
Ella, años atrás, en la ciudad de Ulán Bator, capital de Mongolia, había conocido a una artesana que realizaba belenes y fue quien nos brindó la posibilidad de entrar en contacto con ella. Tras lograr vencer los trámites preceptivos, propios de una burocracia asfixiante, este belén llegó a nuestras manos. Por él sentimos un especial cariño. Porque nos trae a la memoria el recuerdo de nuestra amiga coleccionista, lamentablemente ya fallecida. Y por la gracia y encanto de cada una de estas figuras, tan coloridas y delicadas, tan hermosamente ingenuas, con esos rostros que destilan una especial simpatía. Todas ellas, además, portadoras de unas vestimentas y atavíos que nos hablan del pasado ancestral del que fuera uno de los más grandes imperios del continente asiático, fundado en 1206 por el gran Gengis Khan.

El autor de estos magníficos relieves es el maestro Zan Yan Len. Su taller se ubica en la ciudad de Dongyang, término que no solo da nombre a esta población, sino también a un estilo de artesanía en madera que, desde el siglo VII, se ha mantenido inalterable, generación tras generación. Se caracteriza por un tallado delicado, una minuciosa precisión en los detalles y un equilibrio perfecto en cada una de sus composiciones.
Todo ello podemos admirarlo en cada uno de estos relieves que Noche de Amor nos ofrece. Su peculiar denominación se debe a los nudos que, primorosamente enlazados, cuelgan de cada uno de ellos. En la cultura tradicional china, representan la máxima felicidad. ¡Y qué mayor felicidad que la de participar del Nacimiento del pequeño Jesús!. Añadir que estos nudos pueden acompañar todo tipo de objetos, bien como aspiración cordial de quienes los poseen o como augurios venturosos de quienes los regalan.
Los que aquí presentamos ofrecen diversas representaciones de la Natividad de Jesús. Están elaborados en madera de alcanforero. Y alguno de ellos, aunque se va disipando con el paso del tiempo, aún conserva el delicado aroma de la madera de la que proceden.

Dentro del continente americano, los dos países que ostentan la hegemonía belenista son, sin duda alguna, Perú y Méjico. A este último pertenece la pieza que ahora podemos contemplar, verdadero prodigio de sincretismo, talento y policromía.
Su autor es uno de los pocos artesanos que posee el exclusivo título de Gran Maestro, distinción que concede el Gobierno mejicano a los artistas de excelencia. Se trata de Pablo Dolores Regino, oriundo del estado de Guerrero, cuyo material básico de trabajo es la madera y los ayacates, un tipo de calabazas que él mismo cultiva, selecciona y seca antes de convertirlas en el origen de muchas de las figuras, como las que integran este conjunto.
En lo más alto del mismo, la escena pintada de la Natividad, que se apoya sobre un triángulo en cuyo centro encontramos un ojo, ambos símbolos de Dios Padre. Ya en el cuerpo principal de la pieza, y sobre un fondo bellamente decorado con motivos florales, se nos presenta el Espíritu Santo en forma de paloma y, ante él, en bulto redondo los personajes que completan esta obra, con la presencia de los tres Reyes Magos, un ángel, varios animales y las figuras de San José y de la Virgen María que amorosamente muestra y acuna al Niño en sus brazos.

Nada hay más afín e inseparable del belén que la música. Esa fue la que primero llevaron los pastores al Portal, tocando sus zambombas, panderos y rabeles. La que portaron también los Ángeles de la Adoración, con sus deliciosas tonadas. Y sin duda, la que brotó de labios de María quien, para dormir al Niño, le cantaría la más bella de las nanas.
Esa simbiosis entre la música – como lenguaje universal – y el Nacimiento de Jesús es también la que inspiró al autor, Donato Ramos, para componer esta pieza tan hermosa como insólita.
Porque aquí el tradicional Portal se vuelve guitarra ayacuchana, esa que, traída por los españoles en tiempos de la colonización, en Perú arraigó con fuerza inusitada, convirtiéndose no solo en un instrumento musical sino, por la decoración que puede acompañarla, en una excelente obra de artesanía.
Aprecie el visitante la cuidada y colorista labor del pie que sostiene a la guitarra; la decoración de las dos hojas que flanquean su caja y la belleza de los motivos florales del traste, antes de detener su mirada en la escena central, muestra extraordinaria del talento de uno de los mejores retablistas peruanos.

Polonia es territorio fértil en belenes. Fueron los jesuitas, esa orden de raíz tan española, quienes introdujeron tal tradición en aquellos lugares. Y de inmediato, en los meses invernales, cuando las labores agrícolas no requerían de especial atención, muchos de los campesinos ocuparon su tiempo en la talla de nacimientos, que luego vendían en los mercados locales, como complemento a su humilde economía.
De este modo empezó a surgir, ya en el siglo XVIII, toda una generación de grandes artesanos, que han ido sucediéndose hasta llegar a nuestros días.
Tadeusz Kaçalak es uno de los más destacados representantes de semejante corriente. Nacido en el año de 1952, en la ciudad de Kutno, para nuestra colección elaboró esta pieza extraordinaria en el año 2006.
En la parte inferior de la misma encontramos la escena del Nacimiento de Jesús. Sobre ella, dos simpáticos ángeles sostienen la parte principal de la pieza, a cuyos lados se abren unas hornacinas donde figuran personajes especialmente ligados a la tradición del belén o de especial devoción para la población polaca. Así, a la izquierda, encontramos la presencia de San Francisco de Asís y de Santa Clara, en tanto, a la derecha, están Santo Domingo de Guzmán y Santa Eduvigis, quien fuera gran duquesa y reina consorte de Polonia, fundadora de infinidad de conventos, y de ahí el edificio que porta en su mano derecha.
Finalmente, en la parte central, podemos admirar una bellísima imagen de la Virgen María.

Nunca olvidaremos el día que pudimos adquirir en Varsovia este conjunto de ángeles, recién acabados de tallar por su autor, Eugeniusz Zegadlo.
Hacía un frío estremecedor en aquella tarde del mes de enero, cuando entramos al recinto donde laboraba el artista y , de inmediato, quedamos fascinados ante el conjunto de estos ángeles músicos. Están ensayando la música que quieren interpretar ante el Niño Jesús. Y tan bien lo hacen, que uno de ellos no ha podido resistirse y ha quedado profundamente dormido. Por eso, para respetar su descanso, uno de los angelitos ha tomado al sol incandescente en sus manos y lo va llevando lejos, para que nadie perturbe el sueño de su compañero.
Viendo a estos ángeles, no podemos por menos de recordar los primeros versos del famoso villancico Lope de Vega:
Pues andáis en las palmas/ ángeles santos,
que se duerme mi niño, / tened los ramos
Palmas de Belén / que mueven airados
los furiosos vientos / que suenan tanto.
No le hagáis ruido / corred más paso,
que se duerma mi Niño, / tened los ramos.

Sin duda, esta es una de las piezas más espectaculares de nuestra colección. El nombre de Kralicky es el usado en la República Checa para referirse a los belenes que, como el presente, se montan en vertical y en varios niveles.
Tallado en madera de roble, con incrustaciones de metal, este belén supuso dos años de paciente labor de su escultor y es un verdadero prodigio, no solo por su grandiosidad y excelente calidad artística, sino también por su valor documental, etnográfico. En él se contiene todo un mundo de arquitecturas, personajes, oficios y escenas, que quien lo contemple ha de ir descubriendo con asombro. Y con paciencia.
En su parte superior, sobre un fondo tachonado de estrellas, contemplamos los perfiles de la ciudad, al estilo de muchas de las centroeuropeas, para luego ir descendiendo, a través de calles y bancadas, hasta el nivel inferior, donde se ubica la escena del Nacimiento de Jesús. Sobre ella, podemos observar la presencia de una orquesta barroca – nuevamente la música y el belén como dos realidades inseparables-, en tanto, por delante del Portal, se suceden diversos pasajes de la vida cotidiana.
Finalmente, comentar que en la parte derecha del Kralicky, y en el tercer nivel contando desde abajo, podemos encontrar representada la figura del autor de esta maravillosa pieza, Josef Nevtl. Es quien, flanqueado por su maestro, se afana en la labra de una talla.
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