Bienvenidos a la exposición Noche de Paz que, para estas Navidades, ha organizado la Fundación Tatiana en colaboración con la Colección Basanta-Martin.
Permítanme que me presente: mi nombre es Antonio Basanta y soy, junto a mi esposa, el impulsor y propietario de la Colección de belenes de la que proceden los grupos que, con especial cariño, hemos seleccionado para esta muestra. En diez de dichos grupos, a través de QRs visuales y sonoros, tendré el placer de acompañarles, compartiendo con ustedes cuestiones y detalles que estimo pueden ser de su interés.
El recorrido de la exposición se inicia en el continente africano, con sus belenes cargados de serena contemplación; a continuación nos trasladaremos al continente asiático y a Oceanía, donde podremos contemplar varios conjuntos de especial interés. Europa nos muestra seguidamente varias de sus creaciones belenísticas, reflejo de su tradición centenaria. Y América nos deslumbrará con la potencia imaginativa de sus belenes, siempre impregnados de emoción y de verdadero impulso artístico.
Cierra nuestra exposición un grupo muy especial del mejor de nuestros escultores belenistas contemporáneos, José Luis Mayo Lebrija, que en este 2024 cumple 40 años de dedicación incansable al motivo belenista. Con ello, la Fundación Tatiana se suma a los diversos homenajes que, tan merecidamente, está recibiendo este maestro extraordinario.

En la lengua makonde, uno de los idiomas indígenas propios de Mozambique, la palabra Jamaa significa al mismo tiempo reunión y familia.
Y esto es lo que da pie a esta magnífica pieza, realizada en madera de ébano negro – la madera por excelencia para cualquier artesano-, en cuya parte inferior podemos contemplar la escena del Nacimiento de Jesús, acompañado por María y José, en tanto, sobre ellos, se despliega un sinfín de personas que acuden a contemplar el acontecimiento. Y precisamente por efecto del Amor que ese Niño recién nacido trae al mundo, se enlazan unos con otros, simbolizando así la unidad que siempre es producto del cariño.
La talla del conjunto es verdaderamente primorosa. Y el trabajo del artesano, admirable, sobre todo si tenemos en cuenta que la pieza está realizada en un mismo segmento de tronco, que el autor ha ido calando con paciencia infinita, creando ese espacio interior tan sugerente y, al mismo tiempo, dando vida a cada una de las bellas y preciosas figuras que lo componen.

El belén de la sabana nos demuestra que, para crear un belén, no es necesario dotarse de materiales nobles o lujosos. Bastan la emoción del artesano, junto a su pericia, para, a partir de cualquier material, ser capaz de producir obras llenas de encanto y de candorosa ingenuidad, como esta que aquí contemplamos.
Usando envases de bebidas refrescantes, con la simple ayuda de alicates y tijeras, el creador de este belén ha conseguido componer un conjunto de lo más singular que, a buen seguro, será especialmente celebrado por nuestros más jóvenes visitantes.
Puede sorprender que en este belén, más allá de las propias de la Sagrada Familia, no haya ninguna otra persona en torno al Nacimiento de Jesús. En efecto, aquí, quienes de manera privilegiada acompañan la escena son muchos de los animales que viven en las sabanas de Zimbawe, país del que procede el conjunto, con el león y el elefante en posición destacada, principal, a los que secundan un búfalo, una jirafa, un rinoceronte y hasta un cocodrilo.
Y es que, no lo olvidemos, también dos fueron los animales primeros en conocer y participar del feliz acontecimiento del Nacimiento: una humilde mula y un hacendoso buey.

La palabra Kokeshi se emplea en Japón para referirse a un tipo característico de figuras de madera, decoradas y lacadas, que suelen ofrecerse como señal de amor y de amistad. Y, en el caso de los recién nacidos, como amuletos de buena suerte y de salud. De ahí que sean las más propicias para componer un belén.
El que mostramos en esta exposición lo adquirimos en el año 1990, en la ciudad de Osaka. Y de él nos gustaría destacar algunas características que lo hacen realmente único.
En primer lugar, la insólita presencia de los cuatro abuelos de Jesús, figuras que, coloreadas en tonalidades de verde y rojo, han de colocarse lo más próximas posible al grupo del Misterio, como reconocimiento del respeto y la consideración que las culturas orientales sienten por la ancianidad, su experiencia y su sabiduría.
También es inusual hallar en un belén la presencia de una pareja de recién casados, como aquí ocurre. La esposa es la figura femenina que luce un delicado tocado sobre su cabeza y viste un traje estampado de flores, típico de las bodas. Y el marido, quien se sitúa a su lado, con una elegante vestimenta negra, blanca y rayada. Y es que, si un belén es el homenaje al Amor con mayúsculas, ¿por qué no dar cabida también en él al amor humano?
Finalmente, detengámonos en una última singularidad. Todas las figuras de este belén ofrecen en sus rostros una actitud serena, respetuosa, amable e incluso sonriente. Tan solo una muestra un rictus de enorme contrariedad: no es otro que el samurai que, colocado al fondo de la composición y exhibiendo su armadura de guerrero, mira con gesto de profundo enfado lo que está sucediendo. Tal vez porque el nacimiento de ese Niño, con su mensaje universal de Amor, se opone a cualquier forma de enfrentamiento, de violencia.

El belén de alcanforero, árbol del que procede la madera en la que está elaborado , es una muestra excelente de la tradición tallista china.
Compuesto por más de una veintena de piezas, requiere de una mirada atenta del espectador para descubrir algunos de los secretos que atesora.
Fijémonos en primer lugar en los árboles que, al fondo, flanquean el conjunto. Ambos está florecidos, pues la venida de Jesús supone también la nueva vida, que la Naturaleza expresa a través de su exuberancia. Uno de los árboles florece con flores de loto, que en la cultura china simbolizan la serenidad, la armonía, la paz del espíritu que el pequeño Jesús también supone. Y el otro lo hace con flores en forma de estrellas. Y no de estrellas cualquiera. Porque, cuando en un belén hallemos la presencia de una estrella, hemos siempre de contar el número sus puntas, ya que, en función de ello, transmite una significación u otra. Las estrellas de cinco puntas representan la condición humana – el hombre de Vitrubio-, que dibujara Leonardo Da Vinci, evocación esta fundamental si tenemos en cuenta la generosa voluntad de Jesús que, sin dejar su condición divina, adapta la humana, pues él así lo quiere “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.
Muy peculiar es el peinado del ángel, el mismo con el que solían adornarse los mensajeros reales en la dinastía Ming, que reinara en China de 1364 a 1644.
Tal vez al visitante le cueste hallar el lugar en el que se ubica la figura del recién nacido Jesús. Su cuna está vacía, pues él ha querido acomodarse entre las manos de su madre, de María. No podría haber encontrado un mejor cobijo.

En Francia, la Provenza es la región belenística por antonomasia. Actualmente existen en ella más de doscientos talleres que elaboran sus famosos santons, nombre con el que se conocen las pequeñas figuritas de barro empleadas en la composición de los belenes.
El belén que aquí presentamos, obra del taller Escoffier, nos lleva imaginativamente al corazón de cualquiera de los bellísimos pueblos provenzales, a su vida doméstica y cotidiana. Del Ayuntamiento a la floristería, de la panadería a la pescadería o a la frutería, desplegando ante nosotros un sinfín de motivos que el visitante ha de tratar de descubrir y disfrutar. También se dan cita en este belén las faenas agrícolas, como la de la recogida de aceitunas o la molienda; festivas, he ahí el baile de la zarabanda que, al son de tamboriles y zanfoña, ejecutan mujeres y hombres; o puramente lúdicas, como el juego de petanca en el que se afana un grupo de lugareños.
Además, podemos disfrutar en él de varias de las figuras que nunca deben faltar en ningún belén provenzal: el paisano cuya capa y sombrero agita airadamente el viento, al que se conoce como Mistral; la pareja de ancianos que, sentados en un banco, disfrutan del sol de la mañana ; el Bartomeu, que así es como se llama la figura que porta o vende viandas; el bandido, representante del Mal, cuchillo en ristre; y, en delicioso anacronismo, el cartero o el alcalde, a quien no falta su fajín con los colores de la bandera francesa.

El Belén de la manzana, el profeta y el diablo, del tallador polaco Marian Ulc, muestra la fusión entre la característica secuencia narrativa de los antiguos belenes, y el modo más artístico y contemporáneo de expresar semejante legado.
No debemos olvidar que los belenes, más allá de lo ornamental o lo festivo, tenían una función catequética y doctrinal, por lo que era frecuente mostrar en ellos sucedidos o personajes anteriores a la venida de Jesús, justificativos además de su labor redentora del pecado.
De ahí que en este conjunto encontremos las figuras de Adán y Eva, alojados dentro de una rubicunda manzana, en la que no faltan ni la serpiente, inductora del pecado original, ni el Arcángel San Miguel, jefe de los ejércitos celestiales, y encargado de conducir a nuestros Primeros Padres fuera del Paraíso.
En representación de cuantos profetas habían anunciado la venida de Jesús, se nos muestra en el belén la figura de Jonás, engullido por una inefable ballena, sobre la que se posa una abubilla, en el folklore polaco, símbolo permanente de la esperanza.
Por último, señalar que, en los belenes antiguos, era muy común la inclusión de la figura del demonio, que aquí hace sonar su llamada seductora- ésa es la razón del instrumento que porta-, mientras se nos presenta como un atildado y elegante caballero, aunque incapaz de ocultar su diabólica condición. Le delatan los cuernos que exhibe en su cabeza, el utensilio que lleva en una de las manos, así como lo que, casi oculto, puede observarse en uno de sus pies.

Hay algunas piezas de nuestra Colección que, en su propio nombre, traen consigo la evocación de las más deliciosas leyendas. Así ocurre con el emblemático Ángel de la Luna, fiel representante del arte belenista de Estonia y portador de un relato entrañable.
Cuenta la tradición que, nacido Jesús, todos los astros del cielo acudieron a contemplarle. Y, de entre ellos, claro está, la Luna, que quiso posar su reflejo en un charco cristalino que había justo delante del propio pesebre. Allí quedó ella, silenciosa y feliz de ver al Niño, que dormía sobre su cuna ajedrezada.
Pero, al poco, en tropel, llegaron los pastores, tocando zambombas, panderos y rabeles, cantando coplas y romances. Entre tanto jolgorio y algarabía, uno de ellos, sin apenas darse cuenta, pisó el charco sobre el que descansaba la Luna. Al instante, esta se rompió en mil pedazos. Y, viéndolo el Niño Jesús prorrumpió en un llanto inconsolable.
Por ello, el más bello de los ángeles que en la cueva adoraba el divino nacimiento, uno por uno, fue recogiendo delicadamente todos los fragmentos de la luna quebrada. Y, cuando terminó, los reunió en sus brazos, como broche de su guirnalda de hiedra y de acebo, para mostrárselos al recién nacido que, sonriendo de nuevo, volvió a conciliar el más feliz de los sueños.
Y allí siguen, abrazados por el Ángel, azulados y curvados, como pequeñas virgulillas de Luna.

Este conjunto, obra del gran artesano peruano Juan Carlos Díaz Huicho, fue galardonado, en el año de 2014, con el Primer Premio del Concurso de Nacimientos que anualmente se celebra en Perú y al que concurren los artistas más laureados del país.
Contemplando cada uno de sus elementos, es fácil entender que fuera merecedor de tan alto reconocimiento.
La obra es realmente magnífica en toda su extensión, destacando sobre manera la Cruz que, festoneada de flores, da nombre al conjunto, así como cada una de las escenas que en él se contienen: en la parte superior podemos contemplar la presencia de la figura de Dios Padre, heredera de la ancestral costumbre española – hoy casi desaparecida- de hacerle siempre presente en torno al propio Nacimiento. En el segmento de la izquierda se representa la Anunciación a María, con ese peculiar ángel Gabriel, aquí en forma de un infante, mientras en el segmento de la derecha se nos muestra la Huida a Egipto, con el Niño Jesús que, sostenido amorosamente por su madre, hace reposar una de las piernas sobre su regazo.
Finalmente, en la parte inferior de la Cruz se emplazan las figuras de San José y la Virgen, que sostiene en sus manos un pañal, en tanto ambos dirigen su mirada al Niño que, ya como figura exenta, reposa ante ellos en su cuna. Completan el grupo las figuras de Magos y animales.
Sin duda, llamará la atención al visitante el hecho de los curiosos sombreros que lucen muchas de las figuras, incluida la del propio Niño Jesús. Pues sepan que, tan singulares atuendos, son los que lucía la milicia española en tiempos del Virreinato de Perú.

Junto a Perú, Méjico es el país donde la tradición belenista ha arraigado con más fuerza. Y donde existe una miríada de artesanos y artistas que hacen de los nacimientos el motivo central de su labor.
De entre todos, uno de los artistas más destacados es Agustín Cruz Tinoco, a quien nosotros tuvimos el placer de conocer personalmente, así como al resto de su familia, alguno de los cuales participan en la labor creativa del progenitor.
La obra de Cruz Tinoco se caracteriza por el cuidado tallado de las figuras, realizadas en madera del árbol de opal, una especie que solo se da en Oaxaca, la región en la que él habita. Ciertamente admirable es la labor de policromía que acompaña a cada uno de sus trabajos, como bien se puede observar en esta pieza. Pero, sin duda, el rasgo más prototípico de este autor es la originalidad y fantasía de la mayor parte de sus creaciones.
Buena muestra de ello es esta peculiar y humorística Huida a Egipto en Automóvil, con San José al volante, la Virgen María a su costado y el Niño que extiende uno de sus brazos para saludarnos y bendecirnos. En el asiento de atrás se acomodan los tres reyes Magos. Y finalmente, en la parte trasera, lo hacen un pastor. con su ofrenda en la mano, y un ángel, que parece salir casi despedido del auto, tal vez porque San José ha acelerado en exceso.
Es difícil contemplar este grupo y no sonreír ante él. Pero, ¿no es la sonrisa una expresión más de la alegría que nace del Amor?

José Luis Mayo Lebrija es el escultor belenista contemporáneo más importante de España. Y en este 2024 celebra una efeméride muy especial: sus cuarenta años de dedicación, casi en exclusiva, al mundo del belén.
En efecto, fue en 1983 cuando Mayo Lebrija, que hasta ese momento solo había modelado figuras de belén para su ámbito familiar, se presentó al Concurso de Figuras de Nacimiento que había convocado la prestigiosa Asociación Belenista de Madrid. Y fue galardonado con el Primer Premio, cuya proclamación y entrega se realizó en 1984.
Aquella circunstancia fue decisiva para él. Abandonó su anterior ocupación laboral y decidió centrar toda su actividad en lo que era su verdadera vocación: el arte y la escultura belenista.
De entonces acá, su obra ha sido gigantesca. En calidad y en cantidad. Gracias a su inspiración, el belén resurgió con fuerza insospechada, y pudo beneficiarse del talento renovador de este magnífico escultor.
La Fundación Tatiana ha tenido el placer de contar con la presencia y aportación de José Luis Mayo Lebrija en muchas de las exposiciones belenistas que ha organizado. Y en un año en el que al maestro se le están brindando diferentes homenajes, quiere sumarse a ellos y acoger en esta exposición la obra que aquí presentamos. Como gratitud a quien la creó. Como reconocimiento a su ejemplar trayectoria. Y para deleite de cuantos la contemplen, pues en ella podrán disfrutar y emocionarse con el arte de un escultor, y de una persona, realmente excepcionales.
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